Los tres cerditos (versión xxx)
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LOS TRES CERDITOS (VERSIÓN XXX)
Martin, Javier y José salían del cine de Perpiñan al que habían ido para ver la famosa película Emmanuelle. Habían conducido toda la mañana para llegar a tiempo al primer pase de la tarde. Los casi trescientos kilómetros que los separaban de su Poblenou natal les habían parecido un paseo a ciento ochenta por la carretera con sus flamantes motos Sanglas 400E que fueron comprando poco a poco en el último año. Fue un contagio, una epidemia motera que hizo que los tres amigos soñaran con la misma máquina, eran jóvenes ávidos de conducir la motocicleta de moda, fabricada en su pueblo por unos hermanos conocidos de toda la vida, hijos de un importante empresario textil. Jóvenes ingenieros que lograron aunar un motor monocilindrico de cuatro tiempos y un chasis muy robusto que daba como resultado la moto más segura, robusta, fiable y elegante del mercado nacional. Era un placer conducir con sus melenas al viento sintiendo como cambiaba el olor del campo en cada curva, notando el vuelo de sus vaqueros de pata de elefante golpeando contra los tubos de escape cromados que brillaban al sol, a su lado, siguiéndolos de lejos, un Mediterráneo luminoso de azul profundo les miraba inquieto.
-Que pedazo película tío, la gachí está que rompe y rasga. A mi no me importaría que me hiciera las dos cosas. Joder, voy hecho un burro, “empalmao” a tope.
-Así estamos todos, ¿no, José?
-Ya te digo. Pedazo hembra. Yo a esa le echaba diez sin sacarla, la mataba como a las cucarachas, a polvos. Que dolor de huevos tengo.
Pusieron en marcha sus máquinas después de tomarse varias copas de coñac en el bar de la plaza mientras dejaban que los parroquianos admiraran sus motos y discutieran sobre las diferencias en ese idioma tan distinto al suyo en el que solo sabían preguntar por el “toilette” y pedir “cognac”, aunque para los días que se pasaban siete pueblos bebiendo también habían aprendido a decir “café ole”. Dominaban todos los idiomas que se les pusieran por delante a la perfección.
Montaron en sus flamantes motos llenas de modernidades, (una mezcla perfecta entre la tecnología alemana y la inglesa) y salieron cortando el silencio y el aliento de los parroquianos, a medias por el exceso de alcohol que los tres desprendían y a medias por el estruendo que formaban al ir sin el silenciador con el que meses atrás salieron de fábrica. El cuentakilómetros y el cuentarrevoluciones se movían a tope mientras los testigos luminosos señalaban a veces maniobras que no siempre ejecutaban, los usaban mas por enseñarlos que por otra cosa.
- Me follaría a un pez, gritaba a pleno pulmón, Javier, el más escandaloso de los tres.
- Y yo a una vaca, gritaba entre risas de curva a curva José.
- Yo hasta lo haría con vuestras mujeres, gritaba Martín.
- Hijo de la gran puta, a mi santa ni te acerques, si quieres follar ahora te llevo a un sitio chulo, conozco una casa de luces, de esas de carretera que tiene un “ganao” fabuloso, lleno de francesitas de esas que te dicen “monamur”, “monchien”, “moncuchon”y “moncor”, pero las copas las pagas tu.
- De eso nada, yo quiero producto nacional. Español de España.”¿Bucomprepa?”
- Joder este y sus idiomas, que no te entiendo, chaval. Vale, producto nacional entonces. Se donde hay unas jamonas con unas tetas que te hacen los ojos chiribitas y que te la chupan hasta sacarte la primera leche que mamasteis. Pasaron la caseta de la aduana sin nada que declarar porque el alcohol que se lleva dentro no cuenta y ellos llevaba más dentro que gasolina en sus depósitos, pero no les dijeron nada. Nada que declarar..
Pararon en el mirador del Coll de Belitres, famoso lugar por el que los fugitivos del régimen huían hacia una vida mas tranquila en Francia en época de guerra, cuando francisco Franco quería poner orden en una España disoluta. Ellos, los tres, pararon a mear, sin contemplaciones, mirándose unos a otros y riéndose de sus pollas como niños.
- A ver quien mea más lejos
- A ver quien mea más gordo
- A ver quien me la chupa, estamos que no podemos ni mear de lo cachondos que vamos. Me la voy a menear. Solo de pensar en lo buena que esta “la Sylvia Kristel” esa, me entran unas ganas que no puedo más. Se la metería hasta por las orejas fue la última frase que dijeron los tres a coro, reconocieron que estaba de vicio la chavala, recordando escenas de la película, atropelladamente, quitándose la palabra unos a otros. Sexo, violación, masturbación y hasta meterse un cigarro en la vagina, todo lo habían grabado en sus mentes fotográficas mientras el recuerdo les hinchaba los paquetes hasta casi llegar al dolor.
Pasaron Portbou, Bañolas y Figueras parando en todos los bares que encontraron en la carretera. Borrachos como cubas hacían carreras sobre sus motos sin acordarse de ponerlas en marcha ni de quitar el caballete, después de mil risas y tres caídas de la moto, que les cortó la risa de golpe, consiguieron ponerlas en marcha y salir haciendo eses a ciento ochenta en las rectas y a un poco menos en las curvas.
-Parar, parar, parar, decía Javier dejando su moto en mitad de la carretera, ¡Es una Lumi!, mis oraciones han sido escuchadas. ¿Cuánto pides por hacerme un trabajito bien hecho, guapa?, y otro a mis amigos, claro.
-Mil pesetas por barba, contestó la joven atemorizada por la forma de mirarla, fijamente a los ojos, de Javier. No hago guarradas ni grupos. Dos curvas mas abajo está otra compañera mía y en la entrada del pueblo, junto a la gasolinera hay otra, así no tendréis que esperar.
-Es lista la zorrita esta, Martin y José, ¿nos vemos en la gasolinera dentro de una hora?. Acordaros de traer una historia, ¡eh!, chicos, ya me entendéis, dijo Javier antes de desaparecer tocando el culo a la chica.
Entre risas y bromas salieron como almas que lleva el diablo en busca de sus correspondientes lumis, ambas jóvenes y temerosas de hombres en estados tan lamentables, ellos vieron en ellas el cuerpo y el rostro de Sylvia Kristel en su película más famosa. Se desahogaron como animales sedientos en busca de agua.
Una hora más tarde estaban reunidos de nuevo tomando copas y celebrando la última proeza. Se volvían a atropellar hablando todos a la vez, riendo, golpeando la mesa con sus manazas, tirando el cenicero al suelo y haciendo volar el servilletero de plástico por los aires mientras rompían con sus carcajadas el silencio del atardecer.
-Que bien lo ha hecho la mía, en recompensa le he dado un bofetón que le he partido el labio, decía José mientras los otros se atragantaban con la risa y escupían coñac unos a otros.
- La mía, como tenia la boca pequeña…!le he roto el culo!, comentaba Javier.
de nuevo risotadas y puñetazos sobre la mesa que ya había aprendido a saltar sobre el linóleo del suelo.
- ¡Pues a la mía, aparte de cruzarle la cara, le he robado el bolso!, decía entre ataques de risa incontrolados Martín mientras ponía sobre la mesa el bolso que llevaba escondido en la chaqueta.
El bar estaba a punto de cerrar les dijo el dueño, inquieto, momentos antes de recibir un botellazo en la cabeza propinado por uno de los tres mientras los demás aplaudían y reían hasta llorar.
Tres explosiones sacudieron el exterior con un resplandor azulado que iluminó la noche, en ese momento se abrió la puerta del bar y tras las tres lumis golpeadas entraron sus chulos, luego todo se volvió negro.

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