El corazón de la noche comenzó a palpitar suavemente, hasta que lo viejo y lo olvidado retomó su forma física de una manera rancia y perversa. El olor a hollín y a piel cocida impregnaba el resto de las habitaciones de la casa, menos la que se encontraba ella con su bebé. Fernando, angustiado y degollado por la caída, no parpadeaba; aguardaba intranquilo a los intrusos y sólo deseaba deshacerse de ellos. Malditos. –Gritaba-. Pero su voz no se escuchaba y sus golpes no rebotaban en las paredes. Estaba muerto. Roto y poseído.
Eva, mecía a su hijo en sus brazos sin miedo a las enfermedades y a los inoportunos accidentes, su pequeño estaba a salvo de toda amenaza terrenal. Él le sonreía mientras ella le cantaba con un sonajero en la mano; le acariciaba la cara, le tocaba los deditos y se deleitaba con el color de sus ojos.
Los pesados movimientos de Fernando, a veces veloces y a veces a cámara lenta, carecían de objetivo alguno. Triste y desgraciado, sólo recordaba el momento en que Eva se desplomaba en sus brazos con el corazón roto y sin aliento en sus pulmones. Había muerto de amor, engaño y enamoramiento repentino. Y él, incapaz de comprender el porqué, se volvió loco y se lanzó por la ventana sin ni siquiera meditarlo durante un segundo. Fue tremendamente extraño. Cuando se vio a sí mismo lanzándose al vacío, incluso antes de estrellarse contra el suelo, se giró durante un instante y ya era capaz de ver a su espíritu observándole desde aquella ventana. Fernando había muerto antes de morir, y su alma había sido condenada a vagar por una casa vacía de amor, junto a su esposa ciega de histeria, y su hijo que nunca conocería.
Pero en las esquinas el extraño aún acechaba. Aún reclamaba su amor obseso; no se había marchado. Pensó que algún día conseguiría por fin poseer a Eva.



en