¿Os habéis sentado alguna vez en uno de esos bancos de piedra que hay en las plazas de los pueblos al atardecer? Da la impresión de que la tarde se marcha, lentamente. Las hojas de los árboles vuelan. El viento se despereza y la persona permanece en su lugar, presente pero ajena a todos los acontecimientos que ocurren porque ella no los provoca.
O sí.
Directa o indirectamente estamos apoyando cada suceso que ocurre en el planeta. Una cerilla tirada en una calle puede dirigir el destino de una persona. Una pluma que es volteada por la brisa. El agua que discurre por una calle cuando llueve o los granos de arena que limpiamos de nuestra ropa cuando nos marchamos de la playa. La cosa más nimia puede condicionar el futuro de una persona.
Ser conscientes de nosotros mismos es muy difícil. Colocar los límites también. Pero sí es cierta una cosa: todo lo que nos ocurre nos lo estamos causando. Si odiamos, es porque nuestro punto de vista sobre la cosa es negativo debido a nuestras experiencias, prejuicios, etc… Si amamos, es por lo mismo, porque nuestros pensamientos y sentimientos están condicionados y, posiblemente, el hecho real no tenga nada que ver con lo que estamos viviendo.
Somos nosotros quienes nos forjamos las alegrías y las penas, los sinsabores y las nostalgias. Hemos de limpiar nuestro espíritu de elementos innecesarios para encontrar la pureza del sentido y de la interpretación de los hechos. Aún así estará condicionado y será divergente con respecto a la noción de otra persona pero lo ideal es que lo habremos mirado tras ojos diferentes, liberados de prejuicios y de expectativas e iremos colocando en nosotros y en el mundo una nueva perspectiva.
El proceso es realmente doloroso pero, con el paso del tiempo, ayuda al crecimiento espiritual, emocional y personal marcando un inicio en la conversión hacia el progreso, no sólo del individuo, sino también de la sociedad.



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